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dc.contributorFacultad de Derechoes_ES
dc.contributor.authorFuertes, Mercedes
dc.contributor.otherDerecho Administrativoes_ES
dc.date2002-02-23
dc.date.accessioned2017-03-28T15:15:33Z
dc.date.available2017-03-28T15:15:33Z
dc.date.issued2017-03-28
dc.identifier.citationEl Cronista, 2002, n. 23es_ES
dc.identifier.urihttp://hdl.handle.net/10612/6030
dc.descriptionP. 76-80es_ES
dc.description.abstractAtractivas evocaciones envolvieron siempre la mención del profesor. Junto al ejercicio de una actividad, significado que comparte con otras profesiones, “profesor” es quien enseña y trata de que se aprendan conocimientos; “profesar” también expresa el hecho de mantener en el tiempo una actividad y “profesar” es creer. De ahí, probablemente, el halo de cierto respeto que hayan tenido los profesores que dedicaban su vida a la enseñanza porque creían en ella y, quizá, también, por la singularidad de las pruebas que tradicionalmente había que superar para alcanzar una cátedra universitaria. Hace años que esa voz es menos usada y tratan de generalizarse otras denominaciones más toscas que, incluso, se aglutinan en siglas para generar una pronunciación de extraña explosión o regüeldo (por ejemplo, el PDI)es_ES
dc.languagespaes_ES
dc.subjectDerecho Administrativoes_ES
dc.subjectUniversidadeses_ES
dc.subject.otherProfesoreses_ES
dc.titleRequiem por el profesor universitarioes_ES
dc.typeinfo:eu-repo/semantics/articlees_ES
dc.description.peerreviewedSIes_ES


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